¿Es lo mismo el MIEDO que la ANSIEDAD?

La ansiedad es un proceso que se produce en todas las personas y, cuando tiene un nivel adecuado, mejora el rendimiento y la capacidad de adaptarnos a los cambios del ambiente. En este sentido, tener ansiedad no es algo negativo o “malo” sino todo lo contrario: la ansiedad nos hace precavidos para evitar riesgos. La ansiedad comienza a ser un problema de salud cuando sobrepasa los niveles “normales” de funcionamiento.

El primer paso para comprender y ser capaces de reducir la ansiedad es saber qué es y también diferenciarla de otras emociones relacionadas, como el miedo.

El miedo es la emoción que sentimos cuando nos enfrentamos a un peligro real: un perro enorme se nos enfrenta gruñendo y enseñando los dientes, estoy sola en casa y oigo ruidos desconocidos en la habitación de al lado, … Cuando sentimos miedo se producen en nuestro cuerpo cambios que tienen como objetivo prepararnos para realizar la conducta adecuada: salir corriendo, pedir ayuda, defendernos. Estos cambios son: aumento del ritmo cardiaco, respiración rápida, focalización de la atención, y nos preparan para actuar frente al peligro. Es el sistema huída/lucha.

La ansiedad es la emoción que sentimos cuando pensamos en posibles peligros o amenazas: y si tengo un accidente con el coche? Y si entra alguien en casa a robar cuando estoy sola? La ansiedad también produce cambios en nuestro cuerpo con el objetivo de evitar los peligros antes de que se produzcan. La ansiedad es nuestro sistema de prevención (“más vale prevenir que curar”) ya que los cambios que se producen hacen que seamos precavidos y cuidadosos y nos mantengamos alerta, para eliminar la situación de peligro antes de que aparezca.

La característica crucial que diferencia el miedo de la ansiedad es la anticipación:

MIEDO = PELIGRO REAL, INMINENTE = HUIDA/LUCHA

ANSIEDAD = ANTICIPACIÓN DE AMENAZAS (REALES O IMAGINADAS) = VIGILANCIA/ACCIONES PREVENTIVAS

Los desencadenantes de la ansiedad no son situaciones que puedan dañar directamente a la persona, si no que en su mayoría son reacciones aprendidas y anticipadas de amenaza. Lo que genera la ansiedad es el significado personal, la interpretación anticipadora de la situación que hace la persona. En muchas ocasiones nos damos cuenta de que la situación que nos produce ansiedad no supone una amenaza objetiva, no nos va a causar un daño real inminente, pero sin embargo no podemos evitar voluntariamente sentir ansiedad.

¿Cómo aprendemos a tener ansiedad? Por ejemplo: alguna persona muy cercana a nosotros (o nosotros mismos) ha sufrido una situación de peligro: viajando en coche con lluvia ha tenido un accidente. Después de ese episodio de miedo, cuando tiene que viajar en coche con lluvia, siente ansiedad, cuando espera a alguien que viene en coche, siente ansiedad…, etc.

La variedad de situaciones que nos producen ansiedad es casi ilimitada, cualquier cosa nos puede provocar ansiedad. Pero parece haber unas temáticas y situaciones que tienen más probabilidad de convertirse en ansiógenas que otras:

  1. El temor a situaciones o acontecimientos interpersonales: temor a que nos critiquen, a los conflictos, a que nos juzguen o evalúen, a que nos rechacen…

  2. El temor relacionado con la muerte, las enfermedades, las lesiones, el dolor, la incapacidad, las agresiones, el síncope..

  3. El temor a los animales: insectos, reptiles, animales domésticos…

  4. Los temores agorafóbicos: miedo a los lugares públicos, a las masas de personas, a los espacios cerrados (ascensores, túneles), a viajar sólo en tren o autobús, a los espacios abiertos…

Algunas veces, pensamos que las situaciones, el ambiente que nos rodea, las actividades que realizamos, suponen una amenaza, un peligro, un daño.

Estos pensamientos producen un sesgo en la atención: dirigimos nuestra atención preferentemente hacia estímulos indicadores de peligro o amenaza potencial, en comparación con la atención que se presta a los estímulos emocionalmente neutros. Esto significa que estaremos muy vigilantes (hipervigilancia) a cualquier indicador presente en nuestro entorno que indique peligro, dejando de prestar atención a otros aspectos que también están presentes.

La memoria también se ve afectada por los pensamientos ansiógenos. Accedemos a recuerdos sobre situaciones de peligro o amenaza que hemos vivido en el pasado, lo que produce un sesgo de memoria o memoria preferencial que consiste en recordar preferentemente los peligros, daños y amenazas que hemos sufrido nosotros mismos o los demás, en otras situaciones.

El sesgo en la atención y en la memoria conducen a una interpretación de la situación presente como amenazante, lo que desemboca en preocupación: una cadena de pensamientos e imágenes, relativamente incontrolables, acompañados de un estado afectivo negativo. La preocupación constituye una tentativa de solucionar un problema, cuyo resultado es incierto y que contienen la posibilidad de una o más consecuencias negativas. De manera que la preocupación contribuye a cerrar el ciclo iniciado por el miedo. La preocupación sirve para encender la luz de alarma (atención algo ocurre!) y prepararnos para actuar (hay que hacer algo!).

Todo esto que ocurre en nuestro cerebro, en nuestros pensamientos, tiene como consecuencia la angustia. La angustia produce cambios a nivel corporal: taquicardia, palpitaciones, accesos de calor, sudoración, náuseas, molestias digestivas, sensación de ahogo, tensión, temblores, sofocos, opresión torácica, hormigueo, fatiga excesiva, sequedad de la boca, mareos, sensación de ahogo.

Los pensamientos, la atención, la memoria, la preocupación, la angustia, los cambios corporales, también tienen consecuencias sobre nuestro comportamiento:

  • Comportamientos que manifiestan malestar: desviar la mirada, el llanto, expresión facial de miedo, preocupación…

  • Comportamientos que manifiestan inquietud motora: realización de movimientos repetitivos, rítmicos, manipulación de objetos, realización de actividades sin una finalidad concreta (recorrer la habitación o la casa sin rumbo, ir de acá para allá…)

  • Comportamientos que manifiestan un exceso de tensión muscular: rigidez postural, dificultades generales para moverse

  • Comportamientos consumatorios: comer, beber, fumar en exceso

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